La conexión más evidente tiene que ver con la no neutralidad de la tecnología. Burbules y Callister (2001) proponían superar la visión tecnocrática al entender que las nuevas tecnologías no son simples medios, sino “artificios que modifican las percepciones que las personas tienen de sí mismas como agentes, sus relaciones mutuas” (p. 10). El paradigma sociocultural ofrece una explicación psicológica de esa misma idea. Para Vygotsky, del mismo modo que las herramientas materiales transforman el entorno, las herramientas psicológicas median las funciones psicológicas “cambiando su naturaleza”: “si el lenguaje se introduce en una función psicológica como la memoria, dicha función queda transformada” (Cubero y Luque, 2015, p. 150). En otras palabras, un instrumento de mediación nunca es un canal neutro, pues transforma aquello que media. Los autores añaden, siguiendo a Wertsch, que la acción mediada es siempre una acción situada (p. 150), lo que dialoga con la noción de entorno sociotécnico que ya trabajamos: ese escenario en el que personas y dispositivos interactúan en lenguajes y canales diversos.
La segunda conexión es la mediación docente. En una actividad de la primera unidad de la asignatura, había definido la enseñanza como un conjunto de prácticas planeadas con la intención de mediar entre el estudiante y la cultura. Para ello me apoyé en Dussel y Quevedo (2010), para quienes “la mediación del mundo adulto sigue siendo fundamental, y quizá más todavía en esta cultura dominada por la proliferación de signos” (p. 74). Lo que en ese momento era una intuición tiene ahora un nombre preciso: la zona de desarrollo próximo (ZDP), entendida como una “estructura de apoyo creada por otras personas y por las herramientas culturales apropiadas para una situación” (Cubero y Luque, 2015, p. 145). Importa decir que los autores incluyen entre los agentes de la ZDP “artefactos como libros, vídeos, soporte informático, etc.” (p. 145). Por cierto, la palabra con la que Dussel y Quevedo (2010) describen las permisibilidades (affordances) de los nuevos medios, “apropiaciones originales” (p. 24), es central en este paradigma. Los seres humanos, “más que adaptarse a los fenómenos que los rodean, los hacen suyos” (Cubero y Luque, 2015, p. 144).
La tercera conexión es, quizá, la que más me importa. Ya me había preguntado en otra actividad cómo garantizar que un recurso virtual basado en experimentos mentales funcione como espacio de debate y reflexión colectiva, y no como una actividad que aísle a los y las estudiantes. El paradigma sociocultural explica por qué esa preocupación no es menor. Según la ley genética del desarrollo cultural, toda función psicológica superior aparece primero “entre las personas como una categoría interpsicológica” y sólo después en el individuo (Vygotsky, 1978, como se citó en Cubero y Luque, 2015, p. 143). Es más, “el pensamiento, el recuerdo, no pertenece nunca al sujeto, sino al individuo actuando con otros individuos, a través de los instrumentos mediacionales” (p. 144). Aprender, según la cita de Lave que recogen los autores, “no significa interiorizar un conjunto de hechos o entidades objetivas, sino participar en una serie de actividades humanas” (Lave, 1996, como se citó en Cubero y Luque, 2015, p. 154).